Las migraciones, una invitación a toda la humanidad

 

Introducción al debate por Johan Ketelers

Secretario General de la Comisión Católica Internacional para las migraciones 

 

 

Vivimos en la era del consumismo rápido, de las comunicaciones  que nos adormecen en lo que somos llevados a creer pero que indiscutiblemente  no son excusa para nuestra ignorancia; vivimos en un mundo que nos demuestra cada día que ya no está en la era de las naciones individuales y las diferencias históricas pero  que nos lleva a un torbellino de consecuencias a menudo incontroladas y quizás  incontrolables con nuestros esquemas de lectura tradicionales. Lo que se desencadena en un país tiene consecuencias en otro, lo que sucede en un sector de actividades afecta a otro, lo que le ocurre a mi hermano y a mi hermana me ocurre a mi.

 

Nuestro mundo ha cambiado de manera fundamental: lo que estaba lejos, está hoy al alcance de la mano, aquel o aquella que estaba a más de 8.000 km, trabaja ahora legalmente o de manera irregular, tratado correctamente o explotado, en nuestro entorno inmediato. Lo sabemos, pero ¿cómo reaccionamos?

 

Mientras  que deberíamos como cristianos encontrar en nuestra fe y frente  a este Maelstrom todas las razones para ser fuertes, más aun ser guias, a menudo nos dejamos llevar por el pánico y la seguridad que nos da el silencio. “No tengan miedo…” era el mensaje fuerte del Papa Juan Pablo II a todas las naciones y pueblos del mundo. Pero he aquí que el miedo nos encierra, que nos hace ciegos y nos incita a protegernos y defendernos.

 

En tanto cristianos ya éramos peregrinos en la vida; he aquí que somos también migrantes en el mundo. La relación entre estos dos conceptos parece interrogarnos e inquietarnos aun más ya que se trata de una invitación a dar valor al compromiso. Nos invita a una nueva lectura de nuestra presencia cristiana en el mundo y a asegurar el respeto de la  dignidad humana, necesidad fundamental también confirmada por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Aun cuando esta declaración tiene sólo 60 años, ya está hoy amenazada por los debates que parecen querer vaciarla de su sustancia y por ciertos pensamientos políticos que buscan seleccionar aquellos para los que esta declaración debería aplicarse en forma prioritaria.

 

Hay más de 200 millones de migrantes en el mundo y entre ellos más de 10 millones de refugiados. Esto significa que en nuestro mundo 1 persona en 30 es un migrante. A estos 200 millones de personas se suman cerca de 27 millones de desplazados de los cuales la mitad en Äfrica. Existen también las nuevas formas de esclavitud que proliferan por la falta de protección legal en los movimientos migratorios y que afectan a más de 27 millones de personas y entre 600.000 y 800.000 nuevas víctimas de la trata humana cada año, un "business" cuya cifra alcanza hoy una cantidad estimada en aproximadamente10 mil millones de euros anuales. Mientras que los presupuestos de defensa del territorio aumentan en Europa, que la lectura de las “migraciones útiles” se hace sobre la base de las necesidades económicas, reduciendo así a menudo a la persona humana a un "commodity" económico, el rostro humano de estas realidades sociológicas permanece a menudo ausente, más aun ignorado en el debate estructural.

 

Casi paradójicamente, la migración está a menudo presente en los medios bajo su aspecto humanitario: personas que eligen atraversar desiertos, ríos y mares a riesgo de  su vida, personas arrojadas por la borda o que se ahogan porque partieron en embarcaciones muy poco fiables; los “pequeños” que viven situaciones heroicas para proveer las necesidades de su familia. Estas imágenes nos conmueven y apelan a la solidaridad. No obstante sigue siendo evidente que la migración no es en primer término un desafío humanitario sino más bien un desafío de orden organizativo y estructural, un desafío de orden político y societario. Si la migración toma sesgos de urgencias humanitarias esto se debe a menudo a la falta de voluntad política de intervenir ante los hechos, (actuar sobre las causas), y a la ausencia de una gobernanza internacional, más aun global, en esta materia (actuar sobre los movimientos y las consecuencias).

 

Las migraciones  no son tampoco un problema europeo sino un desafío global. Los parámetros de la migración pertenecen a un proceso global y es lamentable que la lectura de estos movimientos permanezca demasiado ligada a conceptos nacionales y de protección nacional y regional. La actitud legítima de autoprotección no se cuestiona, pero los conceptos humanitarios y la globalización creciente invitan a mirar más allá de estas fronteras y a extender la necesidad de protección a un nivel humano global con el fin de asegurar la protección a toda persona. Es en el establecimiento de ese proceso de protección para todos que se inscribe el valor de una solidaridad internacional mejor comprendida y de un concepto de gobernanza global.

 

Una gobernanza global es indispensable para asegurar la gestión de esta movilidad humana creciente.La migración, el bienestar, el crecimiento económico y el mercado de trabajo son realidades interconectadas. En el pasado, los equilibrios necesarios se desarrollaban a un nivel nacional y progresivamente a niveles regionales. Hoy la necesidad se sitúa a un nivel global. El enfoque y la búsqueda de una gobernanza global deberán inspirarse en criterios económicos y nacionales, pero también en los del desarrollo, de la pobreza, de los derechos humanos y del bienestar. La gobernanza  no debe por tanto buscar ante todo  una reducción de la movilidad sino más bien el desarrollo del potencial de la migración, lo que no significa necesariamente un aumento del número de migrantes.

 

Cerrar las puertas no disminuye los flujos migratorios sino que los desvía o los tranforma en migraciones irregulares.En lugar del mensaje de firmeza que busca cerrar las puertas, deberíamos concentrar nuestras energías en las causas y consecuencias de la movilidad creciente. Mayores inversiones en el combate contra la pobreza y a favor del desarrollo, incluyendo el desarrollo rural demasiado relegado desde hace años y que es hoy una de las causas principales de las migraciones urbanas; mayor  protección legal para aquellos que han elegido un futuro diferente. Es necesario desarrollar un sistema transparente que establezca, reconozca y haga valer los derechos y obligaciones de los migrantes  en tanto individuos o grupos culturales y en el marco de su pertenencia a diferentes formas de agruparse. Estos derechos y estas obligaciones deben traducirse  en leyes y en marcos legales aplicados. Se trata de herramientas útiles que ofrecen la ventaja de una transparencia y de  marcos de referencia. Los tratados de la ONU sobre los derechos humanos han inscrito gran número de estos derechos e invitan a todas las naciones que los han ratificado a asegurar su “traducción” en leyes nacionales y a aplicarlas. La Convención para la protección de los trabajadores migrantes que no ha sido ratificada por ninguno de los Estados del Norte, permanece aun hoy como letra muerta. Es evidente que la aplicación correcta de todas estas convenciones constituiría  ya una disminución considerable de los retos que se plantean con respecto a la movilidad humana.

 

La migración nos invita a redescubrir nuestros propios propósitos de democracia y de valores morales; a cuestionarnos sobre la traducción cotidiana de nuestra fe; a desarrollar las pistas que deben llevar a la humanidad entera hacia un mundo mejor. La movilidad humana no es una de las calamidades del Apocalipsis:  es la historia de la gente como Ud. y como yo que buscamos construir para nosotros y para los otros un futuro mejor; ella es la historia de una humanidad que se busca. La movilidad humana nos llama a una movilidad del espíritu.